Aulas de Innovación: fracaso, simulación y despilfarro educativo
Las llamadas Aulas de Innovación Pedagógica, presentes en numerosas instituciones de Educación Básica Regular ( primaria y secundaria), se han convertido hoy en uno de los mayores ejemplos de políticas educativas desfasadas, mal ejecutadas y sostenidas artificialmente dentro del sistema educativo público.
Estas plazas fueron creadas durante el gobierno de Alejandro Toledo, en el marco del conocido Plan Huascarán, cuando el acceso a computadoras e internet era limitado y la tecnología educativa representaba una novedad. En ese contexto, la creación de espacios especializados para impulsar la innovación pedagógica tenía sentido. Se buscaba que docentes con alta formación tecnológica apoyaran al resto del profesorado y dinamizaran el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Sin embargo, más de dos décadas después, la realidad es completamente distinta y alarmante.
En la práctica, muchas Aulas de Innovación no innovan, no acompañan y no aportan. Lejos de cumplir su función original, se han transformado en espacios de refugio laboral, utilizados para reubicar a docentes con infracciones administrativas, bajo desempeño o nula disposición para asumir la responsabilidad de un aula regular. En otros casos, estos docentes terminan realizando labores administrativas o de secretaría, totalmente ajenas a cualquier propósito pedagógico.
La situación se agrava si se considera que la mayoría de estas aulas carece de equipamiento adecuado, no cuenta con conectividad funcional ni con recursos tecnológicos actualizados. En consecuencia, el argumento de la “innovación” se reduce a un rótulo vacío, sostenido únicamente por la existencia formal de una plaza presupuestada.
Aunque existen excepciones aisladas de docentes comprometidos y con verdadera vocación innovadora, estas no representan la regla general. Por el contrario, en un alto porcentaje de instituciones educativas, estas plazas se sostienen sin evidencias claras de impacto pedagógico, sin metas, sin indicadores de desempeño y sin rendición de resultados, convirtiéndose en un gasto público sin retorno educativo.
Mientras tanto, los problemas reales de las escuelas se profundizan. La violencia escolar aumenta, los conflictos socioemocionales se intensifican y el número de estudiantes con necesidades educativas especiales crece año tras año. Frente a este escenario, resulta incomprensible que el sistema educativo continúe destinando recursos a plazas improductivas, cuando las escuelas carecen de psicólogos educativos, profesionales hoy imprescindibles para garantizar una convivencia escolar saludable y una atención integral al estudiante.
Por ello, urge una decisión política y técnica firme: eliminar, reconvertir o rotar las Aulas de Innovación Pedagógica. Mantenerlas tal como están no solo es ineficiente, sino irresponsable. El sistema educativo no puede seguir sosteniendo estructuras obsoletas mientras ignora las verdaderas urgencias de la escuela pública.
La innovación no se decreta por resolución ni se garantiza con una plaza vacía de contenido. La verdadera innovación comienza cuando el Estado tiene el coraje de evaluar, corregir y eliminar aquello que ya no cumple ninguna función educativa real.


